ESCRITOS
Sales que matan, sales que curan
Sal rosada: una verdadera medicina nutricional

Es cierto, nos estamos copiando a nosotros mismos. Pero no encontramos nada más gráfico que el juego de palabras que usamos en las grasas, para definir conceptualmente lo que ocurre hoy día con la sal de mesa. Puede sonar extraño dedicar tanto espacio para hablar de sal. Sin embargo es fundamental comprender lo que sucede con esta sustancia, tan apreciada en la antigüedad y tan denostada en nuestros días, para evitar caer en los corrientes errores que nos conducen a la enfermedad. Este conocimiento, tan elemental como poco divulgado, nos abrirá la percepción hacia realidades más profundas que tienen que ver con nuestra correcta nutrición y fundamentalmente con nuestra salud.

Parece increíble que a través de algo tan simple como la sal, podamos mejorar nuestra calidad de vida y lograr el reequilibrio funcional de nuestro organismo; pero es así. El problema es que hoy pasamos de intoxicarnos con su forma industrial refinada, a desarrollar un complejo fóbico en su contra. La falta de información -por obvias razones que se comprenderán con la lectura del artículo- hace que las personas enfermas -sobre todo aquellas con disfunciones circulatorias- se vanaglorien de hacer una dieta “sana, sin nada de sal”. Como hemos visto en “Grasas que matan, grasas que curan”, sin materia grasa es imposible la vida en equilibrio. Lo mismo ocurre con la sal. Sin el aporte diario de sal, el organismo ira perdiendo su calidad funcional y sin que lo vayamos notando, iremos hacia un callejón sin salida. El tema es ¿cuál sal nos cura y cuál sal nos mata? A eso responde este texto.

Los mitos de la sal y la hipertensión

Antes de entrar de lleno en el tema, es bueno apelar al sentido común para cuestionar nocivos mitos, que no ayudan a resolver problemas, pero muy arraigados en nuestro moderno sistema cultural: las dificultades circulatorias son consecuencia del consumo de sal y grasas. Si así fuese, aquellos pacientes que hacen dietas sin estos elementos, deberían recuperar rápidamente la salud y abandonar las medicaciones. Sin embargo, y pese a la privación, los fármacos se hacen “de por vida”, los síntomas de multiplican por doquier y la calidad de vida se degrada. Entonces, ¿no habrá un error de concepto? Más que eliminar, ¿no habría que hablar de calidad de sal y grasa que ingerimos? ¿Y no habrá otra causa más profunda del problema?

Esto nos lleva a profundizar en otro falso concepto: ¿qué es la hipertensión? La visión culturalmente dominante nos indica que por una “falla” -casi siempre atribuida a los genes, el estrés o a la edad- el corazón bombea en exceso, agitando el fantasma del infarto y la arteriosclerosis. Ahora bien ¿por qué razón “traviesa” nuestro corazón se empeña en trabajar excesivamente para incrementar la fuerza de empuje sobre la sangre? ¿Será que obtiene algún beneficio por este desgaste de energía? Conociendo los delicados mecanismos de la homeostasis (tendencia al equilibrio) que rigen a nuestro organismo, ¿no será que nosotros mismos estamos obligando al corazón a bombear con más fuerza de la necesaria?

Si llevamos la analogía del sistema circulatorio a un mecanismo hidráulico, vemos que las razones para tener que incrementar la presión de una bomba, en un circuito que deba permanecer estable, son dos: pérdida de fluido o aumento de la viscosidad del mismo. Dado que en el sistema circulatorio no hay pérdidas, el razonamiento nos lleva directamente a la “viscosidad” de la sangre.

Los desechos que vamos incorporando diariamente a nuestro cuerpo a través de una alimentación de mala calidad, en la cual sal y grasas son solo una pequeña parte, superan con creces la capacidad natural de eliminación de los emuntorios. Estos órganos especializados en la limpieza corporal (hígado, riñones, intestinos, pulmones, piel, linfa, etc.) se ven desbordados en la tarea cotidiana, por ser más lo que entra que lo que sale. Los desechos comienzan a depositarse en las paredes de los vasos sanguíneos, reducen su diámetro y esto disminuye aún más la velocidad de circulación e irrigación. ¡¡¡Y aquí vamos encontrando la punta del ovillo!!!

En total sintonía con la visión naturista, podemos intuir claramente cual es la causa profunda de la hipertensión: nuestra sangre sucia y espesa es la que obliga al corazón a bombear con mayor presión a fin de compensar la menor irrigación. Sin embargo, tratamos de “idiota” a nuestro corazón, ingiriendo medicación hipotensora (para reducir la presión), cuando lo lógico sería depurar y fluidificar la sangre. Así nos ahorraríamos, no solo los fármacos (con el costo y los efectos secundarios inherentes), sino también el terrible gasto de energía que significa para nuestro organismo el cotidiano trabajo de elevar la presión sanguínea. Por supuesto que la pésima calidad de sal y grasas que consumimos, ponen su granito de arena en el espesamiento de la sangre. Pero eliminar por completo estos nutrientes es un absurdo total. No se puede concebir el correcto funcionamiento orgánico sin diarias dosis de sal y grasas. El tema es sólo calidad y cantidad, ¡¡¡pero nunca abstinencia!!! Como dijo el experto en oligoelementos Henry Schroeder: “La sal es la base y el sostén de la vida. La vida comenzó en la salinidad y no se puede librar de ella”.
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