Efecto de los antibióticos sobre la flora
En España se consumen cada año más de 500 toneladas de antibióticos, de los cuales se calcula que la mitad son para el consumo humano (la otra mitad se destina al consumo veterinario, y también acaba repercutiendo sobre las personas que con sumen carne, pero es otra historia sobre la que abundaremos más adelante). Según informes oficiales, y siguiendo un criterio exclusivamente oficialista (no naturista), más de la mitad de los antibióticos usados son inadecuados e innecesarios; a ello añadimos nosotros “y además peligrosos”. La peligrosidad del uso de antibióticos reside en su alta capacidad para destruir toda clase de microorganismos. El nombre de antibiótico (anti-bio, anti-vida), nos lo denota.
El uso de antibióticos, especialmente por vía oral (aunque también lo provocan las vías inyectable y rectal), provoca una drástica disminución de la flora intestinal (normal y anormal), originando un “nicho ecológico” o “vacío ecológico”. Este vacío se verá inmediatamente rellenado, al dejar de tomar antibióticos, por gérmenes resistentes al antibiótico utilizado y por los primeros que lleguen a través de los alimentos.
Hemos de tener en cuenta que la composición microbiana de la flora intestinal no se debe al azar ni a la casualidad, sino que es fruto de un proceso de colonización progresiva que se inicia ya desde el momento del nacimiento, y que ha ido evolucionando a través de los tiempos. La supresión indiscriminada de gran parte de la flora intestinal, ocasiona que este «vacío» producido por la ingestión de antibióticos tenga que ser repuesto inmediatamente con lo primero que se encuentre; y lo primero que se encuentra son las cepas resistentes a los antibióticos (algunas de ellas perjudiciales) y muchos microbios oportunistas, que aprovechan esta disminución en la «inhibición competitiva» antes citada, para asentarse en un lugar que no les corresponde y alterar así un frágil equilibrio.
De este modo sencillo llegamos a una situación paradójica, y es que los individuos que toman un antibiótico para cortar una diarrea, la cortan muchas veces en poco tiempo, pero presentan muchas más probabilidades de volver a tener una diarrea que los individuos que no tomaron ningún antibiótico. Asimismo, muchas personas que toman un antibiótico con otro fin (resfriados, infecciones urinarias, etc.) presentan asimismo esta tendencia hacia las diarreas provocadas por el uso de un antibiótico o un medicamento antiséptico, junto a una alta probabilidad de que esta nueva diarrea sea difícil de controlar nuevamente con antibióticos, porque los microbios responsables ya se han acostumbrado a estos antibióticos y en muchos casos han sido seleccionados gracias a ellos.
Aditivos alimentarios legales e ilegales
Los antibióticos suelen estar entre los aditivos alimentarios frecuentes en las carnes y derivados. El uso de antibióticos en veterinaria puede tener dos fines principales:
1) El tratamiento de enfermedades propias del ganado y el control de las posibles epidemias entre los animales. Se ha calculado que en el tejido de los animales pueden persistir residuos de antibióticos hasta cuarenta y siete días en el mismo lugar de inyección, y hasta setenta y cinco días en ciertos órganos depuradores como los riñones. Por desgracia, muchos granjeros, frente a la enfermedad del animal, prefieren sacrificarlo, sin correr el riesgo de que éste enferme otra vez y se muera. Los residuos de antibióticos en las carnes son una causa frecuente de reacciones alérgicas diversas.
2) En segundo lugar, se suelen utilizar antibióticos en veterinaria, incluyéndolos en la alimentación habitual, de cara a “prevenir” plagas. El uso de antibióticos en la alimentación del ganado (entre ellos las ampicilinas, amoxicilinas y cloramfenicol) es un hecho habitual en la cría de los animales, puesto que los animales jóvenes suelen tener una gran predisposición a enfermedades infecciosas y a la muerte prematura. En estos casos los tejidos del animal quedan mucho más «empapados» de antibiótico, y su eliminación es difícil de realizar de forma completa, debido a que en el fondo se ha tomado mucha más cantidad de antibióticos a lo largo de la crianza.
Con el tratamiento continuo a base de antibióticos incluidos en los alimentos, tan solo se consigue seleccionar, entre la flora intestinal del ganado, los gérmenes más resistentes y virulentos. Esto se verificó en dos granjas de los Estados Unidos, una en California y otra en Dakota del Sur. En ambos lugares se criaba al ganado vacuno con alimentos y antibióticos, y posteriormente se vendía la carne en hamburgueserías. Se dieron casos de salmonelosis epidémica (diarreas graves) entre los consumidores de las hamburguesas. Al realizar el tratamiento convencional con cloramfenicol, el cuadro se agravaba mucho más, pues las salmonelas ya se habían hecho resistentes a él, debido a su largo tiempo de permanencia en el intestino del animal con la dosis diaria de cloramfenicol. El problema se agravaba todavía más por el hecho de que el resto de flora intestinal sí se moría con el cloramfenicol, y dejaba campo libre (un «vacío ecológico») al crecimiento de la virulenta salmonela. Y es que visto desde un punto vista ecológico, ¡¡¡estos bichitos también hacen lo posible por sobrevivir!!!
Sin embargo existe una numerosa hueste de aditivos que además pueden tener efectos sobre la flora intestinal. Uno de ellos son los tranquilizantes: algunas veces se administran a los animales que van a sacrificarse para que no mueran del susto cuando ven lo que les espera, o ya en las jaulas, mientras se les transporta al matadero. Habría que investigar si esa modorra que viene a mucha gente después de comer un buen plato de carne se debe a la dificultad digestiva que comporta o a un fraudulento «aderezo» de algún granjero.
El metiltiouracilo (MTU) es también un aditivo fraudulento que se añade al animal que va a sacrificarse para que retenga mucho líquido y pese en el matadero unos cuantos kilos de más (de agua, desde luego). La carne de los animales tratados con MTU es más blanquita y agrada al ama de casa, por lo cual resulta mejor su comercialización. Este producto está prohibido, pero hace unos años se desarticuló una banda internacional que se dedicaba a distribuirlo. Hasta hace pocos años era un producto de uso habitual entre los ganaderos españoles y europeos. El metiltiouracilo ha demostrado ser un potente cancerígeno, tanto para el animal que lo absorbe como para el hombre que luego come su carne.
Los conservantes alimentarios se añaden para evitar el enranciamiento o putrefacción de algunos alimentos, y tienen un indudable efecto sobre la flora intestinal, inhibiendo su función normal.
Los residuos de insecticidas y plaguicidas, por su acción inhibidora de los procesos enzimáticos de la vida, también inhiben el normal desarrollo de la microflora. Ciertos aditivos usuales en los embutidos son las sales nitrificantes, que han demostrado su capacidad cancerígena al formar con los compuestos orgánicos del cuerpo las peligrosas nitrosaminas.
Algunos de estos aditivos aparecen marcados en las respectivas etiquetas del alimento, pero otros no. En todo caso habríamos de tener en cuenta que todas esas porquerías que conservan, dan aroma y dan color, en ningún caso son útiles para la salud y también «dan aroma» y «dan color» a nuestra flora y a nuestros intestinos.